Un mes después del nacimiento de María Catalina, la mansión Mendoza estaba llena de ruidos suaves: el llanto de la niña, el sonido de los juguetes, la risa de la familia que se reunía todos los días para verla. Catalina y Santiago se habían adaptado a su nueva vida de padres con una mezcla de cansancio y alegría — no dormían más de tres horas seguidas, pero cada sonrisa de su hija valía más que todo el sueño del mundo.
Una mañana, Catalina estaba en el cuartito de María Catalina, alimentándola,