El silencio de las montañas suizas era un bálsamo y, a la vez, una amenaza. Mila y Dante se refugiaron en un antiguo taller de grabado oculto en un sótano de Ginebra, proporcionado por Lorenzo y los "Fantasmas". El lugar olía a tinta vieja y a libertad clandestina.
Mila estaba sentada frente a un espejo roto, curando la herida de su tobillo. Ya no había luz azul, ya no había zumbido. Solo quedaba la piel cicatrizada y la sensación de que su cuerpo volvía a pertenecerle. Dante estaba al otro lad