Dos años después.
El aire salado de la costa siempre lograba calmar mis pensamientos. Mi nueva casa, una villa luminosa frente al mar, estaba a kilómetros de distancia de la opulencia sombría de los Valerius. Aquí, las paredes no eran de mármol frío, sino de madera clara y recuerdos nuevos.
—¡Papá! —el grito emocionado de mi hijo, Leo, rompió el sonido de las olas.
Dante caminaba por el sendero de la playa. Ya no vestía los trajes impecables de tres piezas que lo hacían parecer una estatua de p