ANDREW
El día empieza como casi todos.
Reuniones encadenadas, correos sin leer del todo, decisiones que se toman con rapidez porque no hay tiempo para detenerse a pensar si son correctas o no. En esta industria, detenerse suele ser más peligroso que equivocarse.
Estoy revisando un informe financiero cuando mi asistente deja una carpeta sobre el escritorio.
—Postulaciones para el puesto administrativo —dice—. Recursos Humanos filtró las que cumplen con el perfil.
Asiento sin levantar la vista.
No es mi trabajo revisar contrataciones menores. No debería hacerlo. Sin embargo, algo en la forma en que deja la carpeta me hace mirar.
No pregunto nada. Solo espero a que salga.
Cuando estoy solo, abro la carpeta por inercia. No por interés real.
Paso las primeras hojas sin atención. Nombres que no me dicen nada. Experiencia estándar. Trayectorias previsibles.
Y entonces aparece su nombre.
Eva.
No necesito el apellido para reconocerla.
Me quedo quieto unos segundos, con la hoj