Dormí tres horas.
Tal vez menos.
No logro decidir si es por nervios... o por el beso.
Realmente no es mi intención caer en la tentación cada vez que nos vemos pero ahora es más bien algo inevitable.
Cuando abro los ojos, Rubi está sentada frente a mí, cruzada de brazos, mirándome como si fuera a interrogarme.
—¿Dormiste? —pregunta.
—Algo.
—¿Ese "algo" incluye que anoche llegó Andrew Palvin a esta casa?
Me froto la cara.
—Rubi...
—Porque un auto como ese pocas veces se estaciona frente a nuestro