Eva
La puerta se abre de golpe.
—¿Qué está pasando?
La voz de Rubí corta el aire como una tijera.
Daniel y yo nos quedamos en silencio automático. Yo estoy de pie, con los brazos cruzados; él frente a mí, tenso, como si todavía estuviera defendiéndose de algo invisible.
Rubí entra con la mochila colgando de un solo hombro, el cabello desordenado y los ojos demasiado atentos para su edad.
Nos mira.
Nos mide.
—¿Están peleando por la deuda?
Mi corazón da un salto.
—¿Qué deuda?