Seth empujó a Ameline para dejarla debajo de él en el sofá una vez más, un movimiento firme pero calculado que hizo que el cuero crujiera bajo el peso de sus cuerpos desnudos.
El aire en la habitación se cargó de una tensión palpable, como si el oxígeno mismo se espesara con la anticipación. Seth se inclinó sobre ella, su figura proyectando una sombra que danzaba sobre las paredes iluminadas por la luz tenue de una lámpara en la esquina.
Sus ojos, oscuros y cargados de una mezcla de deseo y a