La mañana siguiente amaneció con un cielo despejado, el sol apenas asomándose sobre el horizonte tropical de Yucatán, tiñendo las palmeras y el mar de un dorado suave.
Ameline, Kato, Nataniel y Prissy estaban reunidos en el aeropuerto privado que alquilo la familia Rinaldi, sus maletas apiladas cerca de la pista donde el avión de los Rinaldi aguardaba, su fuselaje brillante reflejando la luz matutina. El zumbido de los motores en calentamiento llenaba el aire, mezclado con el canto lejano de a