Ameline permaneció inmóvil en el jardín delantero de la mansión Rinaldi, sus ojos fijos en el punto donde el auto de Kato había desaparecido en la distancia, el polvo aún flotando en el aire como un eco de su partida.
Una tristeza profunda se asentó en su pecho, pesada como una piedra, mientras las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas. Con pasos lentos y pesados, giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia la entrada de la mansión, su cuerpo moviéndose casi por instinto mientras