Capítulo XXXVII

Sostengo un cuerpo con fuerza.

Cuando me fijo en él, me percato de que es Oliver.

Aguzo los ojos para contemplarlo mejor y lo aprieto más contra mí.

«Mi Oliver. Oh, mi Oliver».

Alzo la mirada llorosa para ver a los guerreros correr a mis lados, ignorándome por completo. Alzan hachas y espadas con gritos de furia. Se golpean entre sí y se ladran órdenes. Algunos visten pesadas pieles y otros pesadas armaduras. Todos son vigorosos y altos. Exudan poder.

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