Capítulo LXIII

Apoyo todo mi peso en el muro frontal que divide las cosechas de frutas con las de vegetales. Exhalo con pesadez y me encorvo. Mi mano no tarda en tantear el muro para también apoyarse en él. Pestañeo una, dos, treces veces más para recomponerme y fingir que estoy bien.

Le sacudo la cabeza a Breogán, que se acerca con una mueca intranquila.

—Estoy bien —le susurro.

—Estás más blanca que el mismo blanco.

Asiento y enderezo la cabeza. El sol me ciega por un tiempo indefinido, el cual aprovecho pa
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