Capítulo XLVIII

«—La espada ahora también hace parte de ti, Oliver. —La invoca con la mirada férrea y me la extiende—. Puedes utilizarla cuando lo desees.

Titubeo, pero a lo último la agarro.

Mi brazo se resiente por su peso y mi hombro se queja. Reprimo el quejido y la alzo con fuerza. La hoja negra resplandece por los rayos del sol que se filtran entre los árboles. La empuñadura se amolda a mi mano y parece aligerar su peso, ya que mi

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