El humo de la pira aún flotaba sobre el claro, como un velo de ceniza que se resistía a desaparecer. La manada se había dispersado, algunos en silencio, otros con lágrimas secas en los ojos. Solo quedaban unos pocos reunidos en el antiguo salón del consejo, una estructura semiderruida entre los árboles, donde los alfas se reunían antes de la caída del norte.
Ulva se mantuvo de pie en el centro. No tomó asiento. Su abrigo blanco seguía cubriéndola, pero ya no por respeto al duelo, sino como sím