La primera luz del alba se colaba entre los árboles con timidez, como si temiera perturbar el suspiro dormido del bosque. El campamento aún olía a ceniza, a madera chamuscada, a dolor reciente… pero también a esperanza.
Ulva respiró hondo. El aire fresco la recibió con suavidad. Estaba envuelta en una manta, acurrucada contra el pecho cálido de Kaelion, que aún dormía —o tal vez fingía hacerlo para no soltarla. Su brazo pesaba sobre su cintura, su mentón reposaba en su cabeza, su corazón latía