El jet privado despegó bajo el manto de la noche, llevando a Alana Torres a Milán con una misión: rescatar a una persona inocente de la mira de Diana Alcántara. El amor que sentía por Julián Whitethorn le daba la fuerza, pero el resentimiento por la impunidad de los Alcántara alimentaba su acción. No iba como abogada, sino como operativa encubierta de la justicia.
Alana localizó a Clara Rivas, la hija de "El Orfebre", en una modesta galería de arte en el corazón de Brera. Clara era una mujer joven, con el rostro marcado por la sensibilidad de los artistas y la angustia de una hija que sospechaba las verdades oscuras de su padre.
Alana se presentó como "consultora de la Fundación Torres", una fachada creíble que le dio entrada en el pequeño universo de arte de Clara. "Su padre, Esteban Rivas, está en peligro grave, Clara. Y, por extensión, usted también lo está. Vengo porque él me ha enviado, a través de canales que solo él conoce," mintió Alana con convicción.
Clara se negó, con la ca