El tiempo se había comprimido. Tras el acuerdo con el Inspector Vélez, la acción más inmediata fue sacar a Esteban Rivas de su casa de seguridad. Julián Whitethorn supervisó el traslado a un búnker de la editorial, mientras Alana Torres preparaba la documentación para el ingreso de Rivas al programa de testigos. El ambiente estaba cargado de adrenalina y el miedo palpable de Rivas.
"La vanidad de Diana será su trampa," comentó Alana mientras revisaba la ruta de escape. "Está tan segura de su poder que no cree que un 'Orfebre' anciano pueda ser una amenaza real."
Justo cuando Rivas estaba subiendo al coche blindado de la editorial, su viejo teléfono prepago sonó. El número era desconocido. Rivas, paralizado por el terror, no pudo contestar. Julián, con un gesto rápido, tomó el aparato y activó el altavoz. El silencio del búnker se rompió con una voz sedosa y cruel, la de Diana Alcántara.
"Rivas, querido. Sé que has estado en contacto con la 'abogada de la verdad'. Te equivocas de lado,