La cena comenzó.
Estefanía observaba de reojo cómo Cristian comía con la misma elegancia de siempre, cortando la carne con precisión en una postura impecable.
No pasaron ni diez minutos antes de que él dejara los cubiertos a un lado, tomara la servilleta y se limpiara la comisura de la boca, reclinándose contra el respaldo.
Sus ojos sobre ella decían claramente: te estoy esperando.
Pero Estefanía lo ignoró tomándose su tiempo. Masticó despacio, saboreó el puré y dio un sorbo lento al tinto, ala