Los ojos de Estefanía se llenaron de lágrimas.
Recordaba una a una las humillaciones pasadas, la impotencia de saber que nadie le creía.
—¡Maldito! ¡Lo supiste todo el tiempo! —estalló ella, ciega de la rabia.
Su mano se movió con toda la intención de cruzarle la cara, pero Cristian atrapó su muñeca en el aire.
Se inclinó hacia ella, reduciendo la distancia hasta que su aliento le rozó la cara.
—No vuelvas a decir tonterías como esa —sentenció en un murmullo peligroso—. No hay más hombres, ni l