Estefanía necesitó un par de segundos para serenarse antes de abrir la puerta de la habitación de Javier.
Al hacerlo, lo encontró acostado en la cama, con la mirada fija en el techo.
Sus piernas, que hacía apenas un instante se sentían tan inestables e incapaces de sostenerla, ahora se movieron con prisa, acortando la distancia, mientras se inclinaba para presionar la palma de su mano contra la frente de su hermano.
—¿Cómo estás? ¿Qué te duele? —preguntó con la voz entrecortada, notando que