Horas antes, en el hospital, Cristian había entrado corriendo al área de emergencia.
Llevaba a Graciela en brazos, sintiendo su peso liviano y la frialdad de sus manos.
No recordaba que ella pesara tan poco.
Su aspecto enfermizo dejaba entrever que su vida en esos años separados no había sido fácil.
—¡Un médico! —exigió, abriéndose paso.
Dos enfermeros aparecieron de inmediato con una silla de ruedas, pero él negó con la cabeza, apretando los dientes.
—No. Una camilla. Ahora.
—Señor, deb