Por un momento, Estefanía deseó no haber salido nunca del auto.
Deseó incluso no haber salido del departamento esa noche.
Pero ya no podía devolver el tiempo ni cambiar lo inevitable.
Su única opción ahora era ser una espectadora invisible en la historia de su esposo.
Observar desde la distancia cómo aquella mujer se tornaba más pálida, sus labios resecos se volvían cada vez más temblorosos pronunciando el nombre de su marido entre sollozos.
Presenciar también el pánico de él cuando la mis