Con cada segundo que pasaba, las manos de Estefanía se apretaban más y más sobre su vestido.
El hombre a su lado tenía alrededor de quince minutos manejando en absoluto silencio.
Desde que salieron de aquella casa infernal, él no había dicho ni una sola palabra. Sin embargo, sus nudillos blancos sobre el volante le indicaban que su humor no era el mejor.
¿Y cómo serlo?
La madre que había intentado proteger decidió ponerse del lado de su verdugo.
Si así eran las cosas ahora, no quería imaginarse