Al final del cementerio, en un área exclusiva, había dos lápidas. Una grande y otra pequeña.
Cristian Sterling se acercó a ambas con un ramo de flores para cada una.
Para la mujer que yacía bajo tierra, había traído peonías blancas. Sus favoritas. Para su hija, quien no alcanzó a nacer, claveles blancos porque la florista le dijo que representaban la inocencia.
Estuvo de pie delante de ambas tumbas por al menos veinte minutos.
No tenía nada que decir.
Salvo disculparse por ser de carne débil