—¡No voy a traicionar a Salgado! ¡Te lo digo por última vez! ¿Crees que soy idiota? —gritó Adrián, forcejeando contra las esposas que lo sujetaban a la silla metálica.
El cuarto era pequeño, blanco, sin mobiliario excepto la silla y una mesa. Una pared completa era de cristal de doble vía. Al otro lado, en la penumbra de una sala de observación, Lucía y Elena seguían la escena en silencio. Lucía tenía los brazos cruzados, apretando los codos. Elena, de pie, observaba con la frialdad de quien ev