Esa noche mientras Lucía dormía profundamente, como un animalito agotado, con las pestañas temblando levemente contra sus mejillas. Damián la miraba, acariciando ese pelo que olía a champú barato y a ella. Su mano, la misma que había firmado órdenes de despido y apretado gatillos en otra vida, temblaba un poco. No de miedo. De rabia. Una rabia sorda, contra sí mismo, contra Salgado, contra la trampa en la que los había metido.
La operación había sido un fracaso. Un riesgo colosal a cambio de sombras y voces robóticas. La amargura le quemaba por dentro, un ácido corriendo por sus venas. Todo ese despliegue, la exposición, el terror en los ojos de Lucía cuando los guardias los empujaron contra la pared… para nada. Para un puñado de pistas crípticas que ni siquiera constituían una prueba.
Y ahí estaba ella. Durmiendo. Confianda.
No sabía cómo lo había hecho. Cómo había podido soltarla y alejarse cuatro años atrás. Había sido la cosa más difícil y estúpida de su vida. Se había creído el