Esa noche mientras Lucía dormía profundamente, como un animalito agotado, con las pestañas temblando levemente contra sus mejillas. Damián la miraba, acariciando ese pelo que olía a champú barato y a ella. Su mano, la misma que había firmado órdenes de despido y apretado gatillos en otra vida, temblaba un poco. No de miedo. De rabia. Una rabia sorda, contra sí mismo, contra Salgado, contra la trampa en la que los había metido.
La operación había sido un fracaso. Un riesgo colosal a cambio de so