*Maximov se apartó antes de perder la cabeza. Nadie más estaba en casa y Violeta había llegado hasta su cuarto buscando compañía. Una cosa llevó a la otra y acabaron retozando en la cama.
—No puedo hacer esto, Violeta. —Recuperó la camiseta que ella le había sacado.
—¿Acaso no te gusto?
—¡Sí!... Me gustas mucho, pero deberíamos esperar a que seas mayor.
—Ya tengo catorce.
—Lo sé y las caricias y los besos están bien. Yo te respeto, Violeta y quiero cuidar de ti.
—Yo creo que eres un cobar