—¡Oh, Dios! De verdad necesitaba esto —decía Caín mientras subía a la cubierta del yate.
—¿Te refieres a navegar? —preguntó Ingen.
—No, hablo de dormir.
Venía saliendo de la cama. Se estiró hacia el despejado cielo para luego recostarse en la tumbona. La vista del atlántico frente a él era una belleza, pero nada se comparaba con dormir.
—Se supone que estabas de vacaciones, no deberías estar cansado.
—Ingen, tal vez seas un genio, pero no tienes hijos. Cuando los tengas me entenderás.
—Ni que