Miré a mi madre y a mi suegra. La primera, horrorizada; la segunda, divertida. Me acordé del comentario de Isabela sobre la importancia de una bebida en una negociación. Había sido descortés.
—Disculpa, señora Paneque, soy nueva en esto de ser anfitriona y tengo a dos invitadas sentadas sin nada. —Moví la campana que tenía en el primer cajón. Era la primera vez que la usaba; normalmente siempre había algún sirviente junto a mí.
Miré a la señora Paneque mientras esperaba que se abriera la puerta