Antonela permaneció asustada hasta que el coche que conducía Fred salió del hospital y se dirigió a la carretera principal de la ciudad. Solo cuando se dio cuenta de lo que había sucedido y de que estaba a salvo, consiguió liberar el aire que tenía atrapado en los pulmones.
Sus manos húmedas y temblorosas se relajaron. Se las secó en los vaqueros que llevaba puestos. Miró a Fred, preguntándole cómo sabía que necesitaba ayuda y cómo había logrado ser tan eficaz al sacarla de entre los leones.
—M