El corazón del guardaespaldas: 31. ¿Es verdad que tú...?
Realmente se negaba a pensar en lo que había sucedido, en lo tarde que pudo haber llegado, pero ella estaba casi desnuda. Tenía la prenda de arriba rasgada y sus pantaloncitos de pijama apenas y cubrían sus muslos. Marcas manchaban su cuerpo, muchas de ellas, brazos y pómulos; su labio inferior se había llevado la peor parte porque sangraba y su nariz tenía restos de ello.
— Ara… — musitó con dolor, impotencia contenida. Tomó la barbilla de ese ser de luz esperando que lo mirara, pero sus pupil