50. Regresa a casa conmigo, por favor
— No puedo creer que le hayas golpeado de ese modo — dijo ella, cruzada de brazos, ahora estaban en la habitación que solía ser de él, y a donde la había arrastrado para así poder hablar con ella.
Emilio se tensó y volteó los ojos.
— Yo soy quien no puede creer que todavía lo defiendas — dijo, un poco molesto.
Grecia, que llevaba todo el rato de espaldas a él y con la mirada perdida en ese enorme jardín, negó con la cabeza y al fin se giró.
— Estás sangrando… — musitó, preocupada, entró rápido