36. Quiero darte un masaje
Con un atrevido y erótico movimiento, esa jovencita que poco a poco se adentraba a un mundo de experiencias de nuevas e inigualables, se sentó a horcajadas sobre el ahora regazo mojado de ese hombre y lo miró directo a los ojos, más que excitada con la idea de tenerle así, juntito a ella.
— Me gustas — le dijo, con su timbrecito irremediablemente tímido.
Emilio enarcó las cejas y ladeó una sonrisa.
— Y tú a mí, brujita — confesó, abierto, entregado a ese sentimiento que cada segundo parecía cre