Javier corrió a la cocina con el teléfono temblando en su mano. Su respiración era errática y su corazón latía con fuerza, no solo por la urgencia de la situación, sino porque podía sentir, con cada fibra de su ser, que su jefe estaba listo para asesinarlo.
Vladimir, por su parte, no confiaba en absoluto en la capacidad de su inútil asistente para manejar la situación. Sabiendo que cada segundo contaba, tomó su propio celular y marcó el número de la doctora Daiana.
Cuando Daiana vio el nombre d