El silencio en el baño era tan denso que Adrián podía oír el eco de cada gota de agua que caía de la regadera.
Julián seguía apoyado contra la pared de azulejos, con los ojos cerrados y el pecho agitado. El agua tibia había limpiado la suciedad de su cuerpo, pero no podía lavar la verdad que había escapado de sus labios.
—Vamos —dijo Adrián finalmente, cerrando la ducha—. Necesitas café.
Julián no protestó. Permaneció inmóvil mientras Adrián lo secaba con una toalla, lo vestía con una bata limp