Elena caminó por el pasillo con pasos firmes, con la espalda recta, con la dignidad intacta.
Por fuera.
Por dentro, todo se desmoronaba.
Cada paso que la alejaba de la oficina de Julián era una batalla contra sus propios pies, que querían detenerse, girar, regresar. Una parte de ella esperaba escuchar la puerta abrirse a sus espaldas, esperaba sus pasos apresurados, su voz llamándola, sus manos deteniéndola.
Pero no hubo nada.
Solo el silencio del pasillo y el eco de sus propios tacones contra