Julián permaneció solo en su oficina mucho después de que Isabella se fuera.
La rabia se había disipado, dejando en su lugar algo peor: la duda. Esa pregunta maldita que Isabella había plantado con tanta precisión, con tanta saña, que ya no podía desoírla.
¿Por qué Elena nunca había querido hablar sobre tener hijos?
Se pasó las manos por el rostro. Eran mentiras. Tenían que serlo. Isabella era una experta envenenando, y él acababa de demostrarle que su veneno ya no tenía efecto.
¿O sí?
Porque d