La mansión Vancroft se alzaba contra el cielo gris de Barcelona como un monumento a la soledad.
Adrián estacionó su auto frente a la entrada principal y permaneció unos segundos con las manos sobre el volante, observando las ventanas oscuras del segundo piso. No había visto a Julián en más de una semana. Las llamadas habían ido directo al buzón de voz. Los mensajes, sin respuesta. Los intentos de contacto por medio de asistentes, rechazados con excusas vagas sobre "problemas de salud" que nadie