Elena se despertó antes del amanecer.
La villa dormía a su alrededor, ese silencio particular de las casas antiguas que parece acumular siglos de quietud. Se vistió en la penumbra —jeans viejos, camiseta blanca, el pelo recogido en un moño desordenado— y bajó las escaleras descalza, evitando el tercer escalón que crujía.
No había planeado pintar. Pero la luz que entraba por las ventanas de la cocina, esa luz toscana que Doménica había intentado describirle en cartas que nunca envió, le exigía a