Los días siguientes transcurrieron con una calma que Elena hacía tiempo no experimentaba.
Apenas se cruzaba con Julián. Él había decidido evitarla, y ella lo agradecía. Ya no había discusiones en los pasillos, ni tensiones en la cocina, ni miradas cargadas de reproche. Podía desayunar tranquila, salir sin sobresaltos y regresar sin la sensación constante de estar caminando sobre cristales rotos.
Por primera vez en semanas, respiraba.
Y buena parte de esa paz tenía nombre.
Adrián.
Las cenas con