—No —musitó Amelia.
Presionó las palmas contra el pecho de Dimitri e intentó apartarlo, pero él no se movió ni un centímetro.
—No puedes hacerme esto. No puedes.
Dimitri frunció el ceño.
—¿Hacer qué? ¿Amarte?
Amelia sacudió la cabeza.
—No lo digas. No sé qué clase de juego retorcido es este, pero no voy a dejar que me manipules para salirte con la tuya.
Sus ojos se empañaron.
—No se trata de ningún juego.
—¿No? Entonces, ¿por qué me dirías que me amas después de dejarme claro que nunca tendr