—¡Es un maldito imbécil! —soltó Sophie cuando Amelia terminó de contarle lo ocurrido.
Asintió en silencio y se llevó un trozo enorme de sándwich a la boca. Al menos, la tristeza no le había quitado el apetito.
—¿Y qué harás?
Se encogió de hombros.
—Estaba demasiado segura de que podría funcionar —dijo después de tragar—, así que no pensé en qué haría si no… Aunque sé que voy a mudarme de habitación, lo demás…
Las palabras se le quebraron y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas otra v