Dimitri levantó el teléfono de su escritorio sin apartar la vista de la pantalla de la computadora.
—Señor, el señor Wood está aquí.
Dimitri alzó la mirada hacia Amelia. Estaba sentada en el sofá, inclinada sobre la mesita baja, moviendo papeles de un lado a otro con concentración absoluta.
Su nueva prometida se había adueñado de aquel espacio y, cada cierto tiempo, se acercaba a él para pedirle su opinión. Y más le valía tener una, porque Amelia no aceptaba evasivas.
—Hazlo pasar —ordenó, aun