Alaric vació su vaso de vodka y lo dejó sobre la pequeña mesa de café en medio de ellos, luego se llevó su puro a la boca. Estaba sentado con una confianza insolente, las piernas abiertas, la espalda relajada.
A Dimitri no le pasó desapercibida la familiaridad con la que había saludado a su padre al llegar. No fue un simple saludo; fue un gesto cargado de presunción, casi como si pudiera tutearlo, como si tuviera derecho a hablarle de igual a igual… o incluso a darle órdenes.
Podía imaginar pe