Amelia abrió los ojos al sentir cómo su vientre se endurecía de golpe, acompañado de una presión baja e insistente. Hizo una mueca ante la incomodidad y llevó una mano a su abdomen mientras esperaba que pasara.
En cuanto la sensación cedió, buscó a su esposo con la mirada.
Afuera se escuchaban pasos lejanos y voces apagadas. La habitación estaba tenuemente iluminada por la lámpara sobre el velador.
Dimitri descansaba en el sillón reclinable a unos metros.
—Dimitri —lo llamó.
Él no reaccionó.
—D