Treinta y cinco

Después de cenar, ellos se dirigen al lugar donde la fogata se encuentra encendida, mientras varias personas bailan al ritmo de la música folklórica.

Se sientan alrededor del fuego junto a los demás y cantan al unísono con los músicos.

—¡Cantas horrible! —exclama Katerina entre risas.

—¡Claro que no! Si soy todo un artista. Lo que sucede es que tú no sabes valorar el talento innato —se defiende Gio con gestos juguetones.

—Sí, el talento de torturar con tu voz —espeta ella, y luego estalla en ca
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