Como fue su rayo el que aniquiló aquellas malezas, el color azul de sus ojos desapareció, dejando en la orilla de aquel penetrante plateado un rojo intenso que se apoderó también de su pupila. Las marcas en su brazo resaltaron, dejando al vivo ambas sangres.
A su vez, iluminó la mazmorra.
Sobre sus cabezas nacieron lenguas de fuego; el alma de la mujer que la cuidó desapareció en un espiral, cayendo sobre la superficie rocosa como una perla vibrante. Horus se levantó de la espalda de la reina