Después de dos semanas de reinado, tuvo la oportunidad de recibir a su cuarto consorte, el hijo de un viejo mandatario líder de un territorio externo a la manada, técnicamente un príncipe sin reconocimiento.
Que, al bajar del carruaje, y dejar al descubierto su cabello rojo y ojos ámbar, trajo consigo muchas miras que alertaron al hombre que solo había venido por la reina y su excitante belleza.
No le molestaba ser consorte, mucho menos con la majestuosidad que tendría que probar.
No se dejó gu