Mabel
Confieso que no debería gustarme que me mire así, mientras me aplico protector solar, como si mi piel fuera lo más maravilloso del mundo, muerdo mi labio inferior y extiendo el recipiente.
—¿Me ayudas, querido esposo? —El cigarrillo termina contra el cenicero.
Celebró mentalmente, no aparta la mirada de mí, toca mis dedos y sin más me giro, suelto los tirantes de mi traje de baño.
—¿Acaso quieres quedarte sin empleadas? —Sonrió.
Está siendo posesivo y aunque no debería, me gusta y eso me asusta más que su carácter impulsivo.
—Para nada, no me agrada la violencia. —Dije con normalidad, hasta que siento caer el esposo protector solar y luego su mano ancha deslizarse con suavidad por mi espalda.
Su mano se mueve despacio, el protector solar es solo una excusa; No hay prisa, ni hay urgencia, y ese contacto me quema más que el sol.
—¿Me estás provocando? —murmura lo obvio.
—¿Eso hago? —Respondo a su pregunta con otra pregunta, finjo inocencia. —Querido esposo, según yo solo cu