Mientras Elena susurraba su promesa secreta a Richard entre las sombras de los árboles, ninguno de los tres notó la figura silenciosa que los observaba desde la distancia. El señor Nicolás, el anciano que nos había abierto el portón al llegar, permanecía inmóvil cerca de la entrada, sus ojos fijos en la escena.
Una vez que Elena se hubo despedido con una sonrisa y Richard y yo nos alejamos por el camino de grava, Nicolás corrió, con pasos rápidos y silenciosos, hacia la mansión, con la urgencia