—Abuelo —comenzó Richard, su voz tensa, apenas controlando la agitación—, tienes que decirme más. ¿Quién era mi madre? ¿Cómo se llamaba? ¿Por qué mi padre me trajo aquí sin decirte nada de ella?
Anselmo suspiró, pasando una mano temblorosa por su rostro arrugado. —Hijo... no lo sé. Tu padre nunca habló de ella. Era un hombre reservado, como ya te dije. Llegó una noche de tormenta, hace ya tantos años... Te traía envuelto en esa manta, dormido. Estaba pálido, agotado. Solo me dijo: "Cuídalo, pad